Quisiera despedirme pero no me basta con un mensaje, mucho menos con un beso Despedirse de una ilusión es más difícil que todo eso.
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Filosofía en zapatillas Es difícil saber cuantas de nuestras acciones corresponden a nuestros actos y cuántas de ellas, corresponden a la arbitrariedad del tiempo. La gran pregunta infinita sobre la casualidad o causalidad, se enreda cada vez más como una maraña en mi pelo que no deja pensar bien a mi cerebro. No importa cuántas vueltas le dé al asunto, ni con cuantas personas lo hable, nunca voy a hallar la respuesta, me tranquiliza saber que no es mi culpa no hallarla pero, al mismo tiempo, es algo que me desvela, como si tuviera la necesidad de romper con ese bucle infinito y ser la que, por primera vez, resuelva aquel misterio y le de un sentido al sinfin de pensamientos.
Pasás por casa y me levantás con el auto. Damos unas vueltas, no hay un destino fijo, solo ganas de vernos. En cada semáforo, me mirás a los ojos y la luz roja ya no indica frenar, es arrancar y arrancás. Mano y contramano, la calle y nosotros. Alternas entre la palanca de cambio y mi muslo, como si las marchas dependieran de ello. Apenas pisás el pedal, no hay apuro, el destino es ningún lado. Seguimos. Acelerar y frenar, avanzamos y nos suspendemos. Llegamos al límite: el río ya está a nuestro lado y la luna, llena. Tomo hasta el último sorbo de esa cerveza que me buscaba, también tu boca. Nos matabamos como si no existiera nada más allá de ese instante y la ciudad nos perteneciera. Y no pedía más que morir con vos en una noche con olor verano. Entre tu frescura y la cumbia a lo lejos. Por un momento, pensé que el mundo terminaba ahí.
Plaza Constitución La noche en Constitución no cae: se arrastra. Llega despacio y se filtra entre los árboles, se adhiere a los paredones, se posa sobre los techos bajos de chapa y las veredas gastadas. Cuando la estación cierra sus puertas y el último pasajero apura el paso, la plaza queda sola pero no vacía. Los bancos, de hierro verde despintado, los ocupan cuerpos que no piden permiso. Algunos duermen recostados, otros se sientan, inmóviles, mirando un punto fijo. Hay frazadas agujereadas, abrigos heredados, cartones doblados. Las bolsas de consorcio hacen de valija, de bolso, de armario portátil. “Ya ni escucho el tránsito, es como si el ruido me pasara por encima”, dice Marcos mientras se hace un lugar cerca de la parada del 168. Tiene un carrito lleno de cosas que nadie más quiere. “Acá nadie te pregunta nada. Y eso, a veces, también es un descanso”. A esa hora, la plaza ya no conecta, retiene; ya no ...
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