Plaza Constitución La noche en Constitución no cae: se arrastra. Llega despacio y se filtra entre los árboles, se adhiere a los paredones, se posa sobre los techos bajos de chapa y las veredas gastadas. Cuando la estación cierra sus puertas y el último pasajero apura el paso, la plaza queda sola pero no vacía. Los bancos, de hierro verde despintado, los ocupan cuerpos que no piden permiso. Algunos duermen recostados, otros se sientan, inmóviles, mirando un punto fijo. Hay frazadas agujereadas, abrigos heredados, cartones doblados. Las bolsas de consorcio hacen de valija, de bolso, de armario portátil. “Ya ni escucho el tránsito, es como si el ruido me pasara por encima”, dice Marcos mientras se hace un lugar cerca de la parada del 168. Tiene un carrito lleno de cosas que nadie más quiere. “Acá nadie te pregunta nada. Y eso, a veces, también es un descanso”. A esa hora, la plaza ya no conecta, retiene; ya no ...
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