Plaza Constitución

    La noche en Constitución no cae: se arrastra. Llega despacio y se filtra entre los árboles, se adhiere a los paredones, se posa sobre los techos bajos de chapa y las veredas gastadas. Cuando la estación cierra sus puertas y el último pasajero apura el paso, la plaza queda sola pero no vacía.     Los bancos, de hierro verde despintado, los ocupan cuerpos que no piden permiso. Algunos duermen recostados, otros se sientan, inmóviles, mirando un punto fijo. Hay frazadas agujereadas, abrigos heredados, cartones doblados. Las bolsas de consorcio hacen de valija, de bolso, de armario portátil. “Ya ni escucho el tránsito, es como si el ruido me pasara por encima”, dice Marcos mientras se hace un lugar cerca de la parada del 168. Tiene un carrito lleno de cosas que nadie más quiere. “Acá nadie te pregunta nada. Y eso, a veces, también es un descanso”.     A esa hora, la plaza ya no conecta, retiene; ya no es tránsito, es llegada; ya no es paso obligado, es destino y refugio. Todo lo que el día disimula entre voces y movimiento, la noche lo deja hablar en  silencio.      Los árboles de copa pelada proyectan sombras irregulares sobre el piso. Las farolas oxidadas se iluminan con una luz amarilla sucia, más cercana al parpadeo que a la claridad. La plaza no está a oscuras pero tampoco está iluminada. Es un clarobscuro constante, como si alguien jugara a revelar solo lo necesario.     En Lima Este, un carrito de supermercado descansa junto a un banco. Adentro, un par de frazadas, latas vacías, una radio portátil. “Por lo menos acá no te corren”, dice para sí misma una mujer joven mientras acomoda una frazada sobre el piso.      En el centro de la plaza, alguien dejó un paquete de bizcochitos sobre un banco. No se sabe si es una ofrenda, un olvido o una forma de compartir. Nadie se lo lleva y queda ahí, como tantas otras cosas más.      La plaza no está muerta. Respira. A su ritmo. Constitución de noche es una cartografía silenciosa de sobrevivencia. No hay uniformes, ni roles, ni horarios. Hay pactos tácitos. “Yo paso todas las noches por acá, a veces junto latas o cartones. A esta hora ya sabés quién se va a quedar y quién no. Se arman sus lugares, como una rutina. Cada uno sabe dónde va”, cuenta Leandro, con algunos cartones bajo el brazo y un pancho en la mano.      Cuando la ciudad duerme, Constitución vela. No por obligación, sino por costumbre. Porque no puede cerrar los ojos. Porque siempre hay alguien que llega tarde, alguien que se quedó sin tren, alguien que no encontró otra plaza donde quedarse. Y entonces, la noche sigue. Inquieta, desgastada, pero viva. Como la plaza. Como quienes la habitan. Constitución no duerme. O duerme con un ojo abierto, como quien cuida, como quien espera. Acá, la noche no es un paréntesis: es el centro. Un tiempo espeso, donde la ciudad revela sus fisuras. No hay espectáculo ni escenografía más que una intemperie compartida, que a veces se vuelve abrigo.


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